Inicio > Mis autores favoritos > El sueño del corcel por Marina Gómez

El sueño del corcel por Marina Gómez

El sino de Marina Gómez está  unido a  Tölkien desde que nació, como ella misma nos cuenta:  Marina Gómez nació un 3 de enero del mismo año en que murió Tolkien (1973), quien a su vez también nació un 3 de enero, muchos años antes. Similitudes literarias, junto a la coincidente fecha de nacimiento, convierten a Marina en una inseparable compañera de fatigas del Maestro de Leyendas más increíbles, el Señor, por antonomasia, del alucinante y fantástico Mundo con más seguidores del planeta: El venerado J.R.R. Tolkien. Nos regala su fantástico relato, El sueño del corcel. Relato este con el que quedó finalista en el Fanter Film Festival.  La autora hace gala de una imaginación desbordante y de la calidad de su escritura nos habla el cuento por sí mismo.

  El sueño del corcel

Cuando el mundo no era más que trozos de islas rodeados de agua y sobre sus tierras habitaban seres puros e inmortales, la vida era perfecta, mucho más de lo que lo es ahora. Aquellas criaturas que vivían en la más hermosa armonía gozaban de una total libertad, mezclándose las diferentes razas con amor y fraternidad. Habitaban por todos los rincones de la Tierra y se proclamaron Reyes de la Naturaleza, pues eran hermosos y únicos pobladores, y cada cual era dueño y señor de un mundo joven que empezaba a transformarse con el paso de los tiempos. Pero algunas de aquellas antiguas beldades se volvieron rebeldes ante tanta paz, aburriéndose hasta manifestar sus diferencias a los que seguían siendo felices en aquel paraíso. Nadie hasta aquel momento supo de quejas o de destierro, y quizás por eso los puros de espíritu se sumieron en un sentimiento hasta ahora inexistente: la tristeza. Eso lo dicen nuestras antiquísimas Escrituras, y también nos cuentan lo que de sobras sabéis.

               ‘El Gran Dios que desde todas partes veía los extraños acontecimientos lanzó un rayo a la Tierra, fue el Supremo quien no quiso ser débil y expulsó con autoridad omnipotente a los que se rebelaron. Los puros de espíritu le rogaron piedad para los desdichados, pero no hubo misericordia para los rebeldes, ni siquiera para ellos, a quienes les fue arrebatada la inmortalidad aun sin culpa alguna. A los desterrados se les echó de menos, pues en tiempos anteriores fueron nobles y buenos, pero cometieron el error de alzarse contra los suyos y sobre el Gran Dios que todo lo ve. Fueron humillados, obligados a vagar por las tinieblas del submundo, pues no había sido justo quejarse ante la felicidad más plena, y lloraron su desdicha durante miles de años, escondidos en los lugares más remotos de la Tierra. Pasaron hambre, frío y desconsuelo, pero ante tal desgracia todos ellos unieron sus fuerzas, y mientras allá arriba sus hermanos mortales disfrutaban sus vidas llenos de luz, allá abajo se hizo la más completa oscuridad. Los que antaño fueron hermosos y gráciles se tornaron horrendos y deformes, y su inteligencia se volvió demencia, olvidándose de hablar y de pensar con cordura. Nadie sino ellos hubiese podido entender su propio lenguaje. Ninguno de ellos recordaba ya el mundo porque sus mentes lo habían borrado. Hubieran podido morir de hambre, pero su inmortalidad seguía intacta, y en los miles de años que vivieron escondidos en las profundidades del averno aprendieron a trepar las rocosas paredes que no tenían fin con un único objetivo: escapar. Mas no había salida en el submundo, y dedicaron entonces sus vidas a entrenar un nuevo propósito: conseguir una manera para alimentarse de la felicidad de los que un día los condenaron y vengarse del Gran Dios, pensándolo posible.

               ‘Así pues se reunieron todos ellos en un círculo eterno, y al margen de los propósitos del Gran Dios se hicieron poderosos, logrando así su ansiado fin. Abandonaron la oscuridad más absoluta con un simple pensamiento, y al atravesar las miles y miles de capas que cubrían su hogar un resplandor que los cegó les arrebató la forma, mostrándose ante el mundo como el aire, invisibles. Pero el mundo que abría sus puertas había cambiado, y aunque ni un vago recuerdo anidaba en sus mentes la necesidad de venganza era cada vez más y más grande. ¿Qué importaba a quién maltratar si su deseo simplemente era hacerlo? Cada espíritu impío voló hacia un lugar distinto y lejano, pero uno en concreto quiso quedarse bien cerca. El sol lo había cegado y ahora buscaba penumbra y sombra, y exhausto ante la luz se filtró por el hueco de un extraño monumento de piedra que dejaba salir de lo alto algo así como el humo de una hoguera. En su interior calmó su daño, y sonrió triunfante cuando vio un ser angelical durmiendo apaciblemente en un colchón de plumas. Era hembra, y excitado se fundió en su cálido cuerpo cabalgando sobre ella, y entró en sus felices sueños para no dejarla despertar hasta que no estuvo satisfecho. En cada confín de la Tierra un espíritu desterrado se alimentó de los sueños de los nuevos seres mortales, y alguno que otro no despertó jamás, y aquí estoy yo para daros fe.

               ‘Os contaré la historia de Eleisa Katrerre, la niña de Hiro que para todos estuvo muerta durante tres años y tres noches. Era la pequeña una personita alegre, viva y hermosa que vivía junto a sus padres y sus dos hermanos en una casa cerca del molino. Le entusiasmaba tirar piedras al Stepás, el riachuelo que cruzaba su hacienda, pero en más de una ocasión descalabró a algún bañista despistado y le abrió más de una brecha en la cabeza. ‘¡Niña tonta!’, le decían los muchachos heridos que nadaban hacia la orilla con ánimos de zarandearla y hacerla entrar en razón. ‘Las niñas no tiran piedras, las niñas juegan con muñecas y recogen flores. Vete a tu casa a molestar y deja que los demás nademos tranquilos’, y lo que los muchachos no sabían era que Eleisa lo único que hacía era soñar despierta y pedir deseos mientras lanzaba las piedras al río. Pero contrariamente a los deseos de aquellos bañistas cada atardecer la niña se acercaba al río para seguir con sus deseos, y lo único que consiguió fue que los muchachos la detestaran y quedarse sin amigos.

               ‘Una noche, mirando las estrellas, Eleisa deseó ser aceptada por los que nada querían de ella saber, y rezó al Gran Dios pidiéndole amigos y serenidad en su alma. Pero lo que la niña no sabía era que su vida iba a dar un giro rotundo en el preciso instante en que comenzase a soñar. Ablandó su almohada, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño más profundo que jamás experimentara. Soñó que estaba rodeada de seres angelicales y tremendamente bellos, todo a su alrededor era hermoso y las flores nacían milagrosamente ante sus ojos, los pájaros volaban gráciles en el cielo y los árboles estaban llenos a rebosar de frutos desconocidos y sabrosos que alimentaban a todo ser. Pero de repente el cielo se tornó oscuro llenándose de sombras, los pájaros desaparecieron y en su lugar quedaron cuervos sanguinolentos que atacaban a los ojos de todo ser viviente, los árboles se volvieron arañas inmensas con grandes bocas amenazantes que corrían tras ella en una persecución despiadada, y los que antes fueron bellos y puros ahora se habían transformado en seres horrendos de dientes afilados y cuerpos deformes que la zarandeaban sin remisión, riendo perversos. Uno de ellos en cuestión se abalanzó sobre su cuerpo y cabalgó sobre ella sin dejarla respirar, y mientras esto ocurría los demás gritaban a un tiempo: ‘No la dejes despertar, no la dejes despertar’, llenando a la niña de angustia y terror. Eleisa quiso gritar mientras veía al repugnante engendro cabalgar sobre su cuerpo y otros desviaban las sombras en busca de otras víctimas, pero como ocurre en los sueños ésto no fue posible y se desgañitó en vano. Acudiendo entonces a su cuerpo una extraña fuerza sobrehumana, la niña apretó los puños, los dientes y los ojos, y en segundos su alma volvió a su cama encharcada de sudor. Fuera de toda lógica Eleisa no pudo moverse, ni abrir los ojos, ni gritar pidiendo ayuda, pues en la realidad de su cuarto alguien invisible, escapándose del mal sueño, había acudido a su llamada cuando ya dormía.

               ‘Quisiera tener amigos, quisiera ser aceptada por todo el mundo. Dicen que soy demasiado soñadora, que no tengo edad para jugar a tirar piedras en el río, mi Gran Dios’, había rezado Eleisa antes de dormirse, pero otro ente distinto al Supremo había oído sus plegarias antes que el Gran Dios, y ahora, desde su Trono Celestial, el Altísimo luchaba con uñas y dientes por protegerla del mal que se resistía a abandonarla. El ente cabalgaba sobre ella oprimiéndole el pecho e impidiéndole respirar, y aun abriendo la niña los ojos descubrió aterrada que no podía moverse y que engañosamente un ser sin forma cabalgaba sobre ella sin poder poner resistencia. Si pensaba en su Dios, que es el nuestro, la opresión era insoportable y las uñas invisibles le clavaban la carne, y en el silencio de la noche pudo escuchar una voz burlona y metálica que dijo: ‘Yo seré tu amigo inseparable hasta que me canse de ti. Los que te desprecian te aceptarán en su memoria, y cuando despiertes no te quedarán ganas de tirar más piedras al río’. Y así pues, cuando llegó la mañana nadie fue capaz de despertarla aun zarandeándola y gritándole al oído. Se desesperaron sus padres, sus hermanos, los vecinos y otros tantos que vinieron a verla postrada en su cama, con los ojos desencajados y la boca de un palmo. ‘Está embrujada, ¿no véis sus ojos y su boca desencajada?’. Decían unos. ‘Por nuestro Dios, que alguien salve a esta pequeña’, decían otros, y cuando la quisieron levantar fue como si Eleisa hubiese estado hecha de plomo, pues ni siquiera cinco hombres robustos fueron capaces de moverla.

               ‘Una noche la niña, agotada en mente y alma cerró los ojos, y el corazón se le heló dentro del pecho. Los conocedores de medicina no escucharon sus latidos y se le perdió el color rosado en sus mejillas, adivinándose en su rostro la palidez de la muerte. ‘Acaba de morir’, dijeron, y la niña fue enterrada al día siguiente en el cementerio de Ario, antes ubicado en el centro del pueblo. Todo Hiro se vistió de luto en su memoria, e incluso los muchachos que la habían despreciado lloraron con desconsuelo su nombre. Pero cosa difícil de entender, fue lo que pasó después. Varios hombres, mujeres y niños cerraron los ojos para no despertar, y se pensó que una maldición grandiosa hacía cubierto Hiro a pesar de las muchas soportadas de aquel entonces. Las gentes comenzaron a preocuparse, pensaron en los elfos oscuros de las Antiquísimas Escrituras, demonios alados que penetraban en los cuerpos de los hombres anulándoles el alma, y se armaron de valor y fe para no dormir en las noches y sí durante los días. Los muertos fueron enterrados de manera religiosa tal y como lo hicieron con la pobre Eleisa, y así sin más los años fueron pasando con otras desgracias que ahora no voy a contar, paralelas a éstas.

               ‘Una mañana de invierno, pasados tres años y tres noches de la desgracia de Eleisa Katrerre, la tierra se removió allá donde estaba la niña enterrada. Las flores marchitas se cayeron al suelo desde el montículo y una manita salió a la luz entre el silencio del campo santo. Tras la mano un brazo, y luego una cabeza llena de raíces enredadas en su melena. Cuando la tierra se abrió para dar la bienvenida a la niña que perdió la vida y ahora regresaba del mundo de los muertos, un grito desgarrador se pudo escuchar desde Hiro hasta más allá del bosque de Holugon, pasando por la cima de Archolis y los bosques Andantes. Eleisa había despertado a la vida mucho tiempo después, cuando el elfo oscuro se cansó de su cuerpo, tal y como él mismo le auguró.

                ‘Y así estaba escrito. Los elfos oscuros dejan libres a sus víctimas cuando se agotan de cabalgar sobre ellas, aunque esto suponga provocar un pánico popular que comienza siendo aterrador y termina anidando esperanzas a quienes entierran a sus seres queridos mientras duermen indefinidamente. Pues eso fue lo que pasó cuando Eleisa Katrerre acudió a su casa hecha unos lobos, con el cabello largo hasta los pies y las uñas encorvadas hacia las palmas de las manos como un engendro, totalmente desconocida y tres años más mayor. No fue hasta que la pobre explicó su malograda experiencia que los suyos la creyeron, aunque menos los demás, que se hicieron cruces y cerraron sus puertas, aterrados ante la resurrección. Pero la tierra se fue abriendo una y otra vez, y las flores marchitas, algunas frescas, se cayeron al suelo, dando paso así a las otras almas olvidadas que regresaban libres de más allá de sus sueños. Cada cual que fue enterrado en aquellas extrañas circunstancias tornó a la vida con un grito sobrecogedor, y vivieron durante mucho tiempo más, aunque, al igual que Eleisa Katrerre, también permanecieron aterrados durante toda su vida cuando llegaba la hora de dormir.

About these ads
Categorías:Mis autores favoritos

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.077 seguidores

%d personas les gusta esto: