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Sitges 2011: presupuestos dispares, distintos resultados, La Cosa (2011) versus El Páramo

De grandes presupuestos no necesariamente resultan grandes películas. Prueba de ello es The Thing (2011, Matthijs Van Heijningen), precuela de la obra maestra de Carpenter, que sin duda es un cinta entretenida y de impecable factura, pero totalmente olvidable. En el lado opuesto nos encontramos con El páramo (2011, Jaime Osorio), película modesta que rezuma honestidad y que vuelve a nuestra memoria una vez vista para descubrirle cada vez nuevos valores. Veámoslo con más detenimiento.

En 1982 Carpenter versionaba El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951, Christian Nyby) logrando un film que superaba el original.  A todo color, con unos efectos especiales que no han perdido su espectacularidad, Carpenter extrae de aquella modesta obra de Serie B todo un clásico de la Ciencia Ficción que rivalizó en su momento con Alien (1979 ,Ridley Scott). Pero no es sólo un clásico por su diseño artístico sino también por su profundización en las tensiones que desata la vida aislada de unos hombres que se ven obligados a vivir sin la presencia de nadie más que ellos mismos. Precisamente cuando se ven enfrentados a una presencia ajena (y amenazante) los conflictos afloran y acaban siendo un peligro mayor unos para otros que la propia amenaza externa. Y esto último es lo que se pierde en la precuela.

Matthijs Van Heijningen se limita a poner imagen a lo que en la película de Carpenter tenía una medida condición de elipsis y, para su desdicha, no consigue aportarle nada a la historia con ello. Al contrario, banaliza su episodio (qué ocurrió en la primera base ocupada) y el resultado global si hubiese pretendido versionar lo ya contado por Carpenter. La nueva The Thing es tan sólo un producto comercial que no profundiza en los mimbres de la historia que cuenta, sino que se limita a presumir de los avances tecnológicos que permiten a día de hoy lograr impecables efectos digitales (aunque también sea loables los de maquillaje y los visuales). Ni siquiera la presencia de Mary Elizabeth Winstead es capaz de dar calado a la trama, no se le saca partido a su condición de elemento femenino que se entromete en ese nido masculino, con Howard Hawks en la dirección su presencia habría desatado más tormentas que el propio alienígena. A la inversa que en la obra de Carpenter, todo se somete (y sacrifica) al logro de la espectacularidad circense. En su honor hay que reconocer que se trata de un producto de agradable ingesta, eso sí, una vez consumido no queda el más leve poso.

Jaime Osorio se alzaba con el Premio Citizen Kane a mejor director revelación en este pasado Festival de Sitges, lo hacía por un trabajo que un espectador definió como “La Cosa sin cosa”, y no le faltaba razón. El Páramo nos cuenta la historia de una brigada de nueve soldados a los que se les ha encargado acudir a una base de la que se ha perdido todo contacto. Una vez allí descubren que todo el destacamento ha muerto y la única persona viva es una extraña mujer que había sido encerrada. Nada permite descubrir qué ha llevado a la muerte a los soldados de la base, pero unas extrañas pintadas con alusiones al diablo genera el temor de que esa mujer superviviente tiene mucho que ver con esas muertes. Poco a poco el aislamiento, la incapacidad de comunicarse con el exterior y la imposibilidad de huir, socavan la integridad y la cordura de los soldados, haciendo que pierdan la certeza sobre la identidad del enemigo y les crea dudas sobre su verdadera naturaleza.

Rodada en una base militar real a 4.300 metros sobre el nivel de mar (a la que el equipo y los actores tenían que acceder a diario desde los 3.600 mts de altura donde se ubicaba el Hotel Carretero), el propio paisaje desolado funciona como un personaje más. Para comprender mejor la trama hay que tener en cuenta la particularidad del ejército colombiano y es que en su mayoría esta integrado por soldados campesinos que provienen de las mismas zonas donde a diario deben combatir al enemigo. El campo con su inmensidad, la inocencia y las costumbres arraigadas de sus habitantes, está plagado de historias que se convierten en mitos y leyendas. Eso explica la locura que va adueñándose de los nueve soldados, progresivo ingreso en la enajenación que les convierte a ellos mismos en sus peores enemigos. Creyendo atacar a una amenaza externa son ellos los que se van dando muerte paulatinamente instigados por el pánico que el horror de lo bélico lleva asociado.

Aunque algunos puedan afirmar que es una película bélica y no fantástica y discutan la pertinencia de incluirla en la sección oficial de Sitges, nosotros la consideramos una película de terror: el terror real que conlleva la brutalidad de la guerra. Y así debe de considerarla el propio Osorio quien aclaraba en su presentación en el festival que su intención había sido que los espectadores participarán, vivieran en sus propias carnes el pánico de los protagonistas. Es por esa pretensión que escoge la técnica de la cámara en mano, una cámara que se hace opresiva por su escasa profundidad de campo, casi nos introduce en la piel de esos soldados y sentimos la presión del aislamiento, de su enfrentamiento a ciegas contra una amenaza indefinida que en su superstición achacan a alguna presencia infernal. Nosotros estamos tan a oscuras como ellos mismos y vivimos la incomprensión de ese darse muerte unos a otros al que se entregan. Cuando descubren que no hay más maldición que su propio terror, es demasiado tarde. Y nosotros también nos hemos visto privados de la capacidad de anticipación, partícipes como somos de la ausencia de perspectiva a la que nos han forzado esos planos cortos y vertiginosos.

En esta ópera prima, sin duda, no todo son virtudes: su metraje es excesivo, su escasa iluminación, su ausencia de profundidad es abusiva y, para el espectador español, lo enrevesado de ese sociolecto hace difícil seguir los diálogos (aunque ese no es un defecto de la película). Pero en su honor, y a nuestro juicio, hay que reconocerle que triunfa allí donde fracasa la precuela de La Cosa: Osorio sí sabe mostrarnos que el verdadero lobo para el hombre es él mismo. En suma, como declara el propio director galardonado: El Páramo logra generar una sensación física, así sea de repulsión y al mismo tiempo intelectual. Quitándole al espectador la comodidad que tiene al sentarse en una sala de cine (…) lo que me interesa o me llama del cine y que me gustaría lograr con él, es finalmente una cosa: no es invitar a soñar sino a despertar. Eso sí define el cine que me interesa. Uno puede hacer ambas, una: que el espectador evada, o despertar, generar una reacción no solo emocional, sino cuestionarlo, invitarlo a la reflexión, que sea una actividad activa y no pasiva.

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