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La Hueste por Ángel Salinas Sánchez

Hoy os presentamos la obra de Ángel Salinas Sánchez, gran amante del género de terror que nos dice de sí mismo: Mis gustos van desde la literatura de terror (admiro a Poe y Lovecraft)y cienciaficción a la poesía, pasando inclusive por la literatura esperimental. Comencé a escribir hace unos diez años más o menos, digamos que por necesidad ya que mi estado de ánimo era bajo. Y lo que empezó siendo una especie de terapia se convirtió en una fabrica de contar historias. Podría decir que mi escritura se centra sobre todo en cuento y microrelato, pero no descarto algún día llevar a buen puerto el proyecto de novela que tengo entre manos.

LA HUESTE

El ruido de mis pisadas sobre los charcos acompañaba la tétrica melodía que componían los truenos en el furor de la tormenta. Mi carrera hasta llegar junto al presunto accidentado se hacía cada vez más ardua por el desnivel de aquella embarrada ladera y  la pesadez en mi brazo por sujetar mi maletín médico. En un principio, desde el borde de la carretera, pensé que no debería tener tantos problemas para llegar a socorrerle. Tras varios resbalones que me hicieron perder el equilibrio, entre helechos goteantes y arbustos enmarañados, seguí por un pequeño camino serpenteante, lleno de pequeños meandros formados improvisadamente por la abundante lluvia.  La luz de mi linterna trataba de abrirse paso entre la espesura, formando un juego de sombras siniestras que parecían acecharme, en silencio, como esperando el momento justo para darme un final parecido al de aquel extraño. Por fin conseguí descender la ladera y en un pequeño claro entre la maleza, pude divisar el cuerpo inmóvil tirado boca abajo en el barro. Según me acercaba, sus ropas me indicaron que se trataba de algún lugareño al que desgraciadamente le había cogido la tormenta. Cuando llegué junto a él, me apresuré en darle la vuelta para comprobar su pulso y respiración. Ningún rastro de ellos. No presentaba signos de violencia por lo que deduje que podía haber sufrido un infarto. Me arrodillé junto a él y rápidamente le practiqué la reanimación cardio-respiratoria. Tras varios intentos reanimatorios, la tos dio paso al abrir de sus ojos que se clavaron en mi cara. Le había devuelto a la vida. Un relámpago penetró entre los árboles iluminando la escena y acentuando aún más, el blanco de aquellos ojos que no dejaban de mirarme. Me estremecí por completo al ver el semblante de aquel rostro silencioso, despeinado, de pómulos marcados y piel amarillenta, enfermiza, como si arrastrara consigo un eterno cansancio. Traté de sacarle de su aturdimiento  hablándole:

-          ¿Cómo se encuentra? ¿Sabe dónde está?… Soy el doctor Fuentes. ¿Puede recordar su nombre? –su rostro permanecía impasible mientras aquella mirada me penetraba incómodamente–. La rueda de mi coche pinchó y al bajarme para cambiarla, le he visto. Realmente ha sido toda una suerte poderle ver desde allí arriba, pero bueno, mira por dónde un infortunio ha conducido a que le haya devuelto la vida, amigo.

-          ¡…Devuelto la vida! ¡Mi vida! –su tosca voz me sobresaltó de tal manera que casi hizo caerme de espaldas­–. Usted no sabe lo que ha hecho. Debió arreglar esa maldita rueda y marcharse de aquí. ¡Yo…!, Yo debería estar muerto –se sosegó por momentos en una triste resignación para volver a exhaltarse de nuevo–. ¡Ahora ellos me buscarán!. Y no se detendrán hasta que cumplan su cometido. No debió entrometerse. Ahora usted también corre peligro.

Un trueno distinto a los que se habían sucedido hasta el momento le interrumpió bruscamente. Girando su cabeza como un resorte, su vista se clavó en unos matorrales cercanos. De repente, una brisa helada y un profundo olor a cera quemada inundó la oscura noche, creando una nauseabunda  atmósfera que rápidamente nos rodeó. El extraño me agarró el brazo y volviéndome a clavar aquella siniestra mirada, me insistió varias veces que me alejara de allí. Por alguna extraña razón, puede que mi curiosidad científica sobrepasara al temor que comenzaba a sentir, no podía moverme. Me fijé en la mano que me agarraba el brazo y vi unas agresivas marcas amoratadas, que se extendían por el borde de los dedos para perderse en la palma. Miré su otra mano y también las llevaba. Eran unas marcas extrañas, como una abrasión provocada por el largo y continuo agarre de algún objeto de textura irregular. Me recordaron a las manos de mi tío Julio cuando volvía de cavar sus viñas. Pero no creo que fuera el caso de aquel tipo. Su complexión famélica y el extremo cansancio que mostraba todo su cuerpo, no le permitiría ni sujetar un pico. Viendo que yo permanecía inmóvil, el lugareño cogió una rama que encontró cerca de nosotros y se apresuró en dibujar en el suelo un circulo al derredor mío.

-          Mientras permanezca dentro de él, estará a salvo. Y por lo que más quiera, no les mire.

Aquel olor a cera quemada aumentó hasta tal punto que parecía colapsar nuestras vías respiratorias. Un extraño sonido llegó hasta nosotros transportado por la helada brisa, atravesando los matorrales cercanos. Era como un grito ahogado,  un lamento arrancado de un alma en pena. Un escalofrío me recorrió desde los pies hasta la cabeza, haciendo que me incorporara dentro de aquel círculo. El extraño volvió a mirar en dirección de los matorrales y pude ver como su rostro palideció hasta el punto que pareciera una figura de porcelana. Cuando fui a preguntarle que era lo que estaba ocurriendo ya estaba a varios metros de mí, volcado en una enloquecida carrera. Jamás vi a nadie correr tan despavoridamente. Me fijé a donde él había estado mirando y pude percibir a lo lejos un baile de luces que, poco a poco se acercaban en silenciosa procesión. Fuere lo que fuere, aquello me sumergió en un profundo terror que hizo que yo también corriera ladera arriba en busca del amparo de mi coche. Con las manos temblorosas cambié la rueda pinchada y acelerando todo lo que pude y que la sinuosa carretera me permitía, llegué hasta un cruce donde un cartel me indicaba la presencia de un pueblo cercano, Gisamo. Pensé que dado que no era una hora demasiado tardía, no tendría problema en encontrar allí un sitio donde pasar la noche y reponerme del impacto de todo lo ocurrido.

El pueblo era pequeño y no tardé en localizar una antigua hospedería. Una vez alojado en una de sus habitaciones, bajé al salón para cenar algo antes de irme a dormir. El salón también era utilizarlo como una modesta tasca, por lo que podría cenar acompañado de varios habitantes de allí que tomaban vino apoyados en la vieja barra. Mientras cenaba, no dejé de pensar en lo ocurrido, buscando una explicación razonable a lo que me dijo aquel tipo y a aquellas luces precedidas por ese intenso olor. Como era de esperar, terminé mi cena sin llegar a una conclusión merecedora de carecer de cualquier fantasía o superchería popular. Pensé que sería una buena idea tomar un trago junto a los otros asistentes para tratar de olvidar lo ocurrido, ya que comenzaba a tener pinta de convertirse en una obsesión. Me acerqué a ellos y me sorprendió escuchar el acento extremadamente cerrado con el que hablaban. Esto me llevó a preguntarles a que provincia pertenecía aquel pueblo.

- ¿Gisamo?, Do A Coruña, faltaría más…–respondió uno de ellos dejando totalmente claro su procedencia gallega–.

De inmediato, dejaron su vaso de vino sobre la barra y me miraron fijamente. Les debió parecer que había visto un fantasma, ya que palidecí al saber que me encontraba en Galicia. ¿Cómo demonios había llegado a este pueblo de Galicia, cuando yo me dirigía a una convención de medicina en Barcelona? Pedí otro vaso de vino para mí y de un trago, el líquido templado descendió hasta mi estómago, calentándolo y deshaciendo el nudo que se había formado en mi garganta al oír aquello. Entonces, por alguna extraña razón, me vi obligado a contarles lo sucedido en aquel bosque unas horas antes. Los lugareños escuchaban atentamente mientras tomaban pequeños sorbos de sus vasos. Al final de mi exposición, el mismo que respondió a mi anterior pregunta, concluyó secamente la conversación aumentando con creces mi curiosidad y, por supuesto, embriagándome de un temor impropio de un científico.

- Cousa dos mortos –dijo seriamente-.

Mi cabeza era un atolladero de pensamientos inconexos. Si por fuera poco la experiencia vivida en aquel bosque, ahora me encontraba en la costa opuesta de la ciudad a la que me dirigía sin una explicación, con un extraño sentimiento que me agarrotaba los músculos.  Lo mejor sería irme a la cama y tratar de descansar. Al día siguiente intentaría aclarar lo ocurrido. Mi habitación se encontraba en la primera planta, por lo que el ruido de las conversaciones de los lugareños llegaba débilmente hasta mis oídos. En el exterior, un perro comenzó a ladrar. Su ladrido era histérico y amenazante, como si tratara de avisar de un peligro que se cierne inexorablemente sobre mí. Con aquel ladrido entré en la fase de sueño. Durante un par de horas debí sufrir unas terribles pesadillas, ya que me desperté completamente empapado en sudor y con la extraña sensación del acecho de alguien o algo. En mi recuerdo, las pesadillas habían grabado a fuego aquella procesión de luces, de alaridos desgarradores, de un tormento jamás conocido por el hombre. Tenía incrustado aquel fuerte olor a cera quemada en mi pijama, en la piel, en el pelo. Aquellas pesadillas habían sido tan reales… Pero, ¡no!. Aquel olor estaba presente en la habitación. Me levanté aterrado, tambaleándome debido a mis piernas agarrotadas. El ladrido del perro se había transformado en aullidos agonizantes, a pesar de que la luz de la luna se estrellaba contra el cielo encapotado. Una corriente fría me atravesó los huesos provocando el rechinar de mis dientes. Sí, era aquella brisa helada que sentí en el bosque junto aquel tipo. Entonces pensé que si tenía que ser atacado, lo más lógico sería que la amenaza tendría que subir hasta mi habitación por la escalera que daba servicio a las habitaciones. Empujé como pude un viejo armario hasta bloquear la puerta. Pero mi mente me decía que aún así no estaría seguro, y esto me hizo recordar las recomendaciones que me dio aquel tipo tan extraño en el bosque: No salir del círculo y no mirarles… Pero, ¿a qué o a quiénes?  Rápidamente busqué en mi maletín un pequeño bisturí con el que poder grabar en el suelo de madera el círculo protector. Me arrodillé en el suelo y mis manos temblorosas comenzaron a trazar la línea que supuestamente me mantendría a salvo. Llevaría trazado un par de centímetros cuando hasta mis oídos llegó aquel grito ahogado, y a continuación, una voz terriblemente familiar, hizo erguirme y volver la vista hacía donde procedía.

-          Doctor Fuentes. Le dije que había cometido un error devolviéndome la vida. Yo iba a quedar libre de mi pena, pero usted lo ha impedido. Pero ya es tarde. Les ha mirado y el círculo de Salomón ya no puede salvarlo.

Frente a mí se encontraba aquella persona a la que salvé en el bosque. Sus huesudas manos sujetaban una pesada y tosca cruz de madera que dejaba recostar sobre el hombro. Pero lo que más me sobrecogió fue que a ambos lados de él, varios encapuchados típicos de la semana santa, portaban enormes cirios encendidos. Intenté buscar sus ojos a través de las capuchas blancas pero no encontré nada más que el profundo tormento, una inmensidad oscura en la que el castigo y la pena les haría vagar más allá del tiempo de los hombres. Me desplomé aterrorizado ante lo que mis ojos estaban viendo. Mi cabeza latía fuertemente mientras miles de imágenes pavorosas de aquella hueste galopaban en mi mente. Los rostros de antiguos pacientes me gritaban una y otra vez las negligencias presentes en mis operaciones, las cuales, se habían convertido en práctica habitual. ¡Pero voy a cambiar! ¡Yo he salvado a ese hombre! –grité hasta el agotamiento–. Al borde del delirio, con espasmos y retorciéndome en el suelo, la comitiva de muerte me rodeó provocando el desvanecimiento.

Pesadamente abro los ojos y me percato de que no estoy en aquella habitación, aunque el profundo olor a cera no ha desaparecido. Hace mucho frío y me duelen las manos. La cruz de madera avanza con mi paso mientras la sujeto. Estoy tan cansado… cansado… ¡¡Dios mío!!  ¡¡Esos capuchinos van a mi lado con sus cirios encendidos!!


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