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Flores que esconden lodo

Te extrañará recibir noticias mías.  También a mí se me hace extraño estar escribiéndote.  Cuánto cuesta volver a entrenar los dedos sobre el teclado para llegar a hablarte. Tanto, que he vuelto a fumar. El cursor parpadea intermitente tras la última palabra.   Enciende un cigarrillo y mira la pantalla entre toses y humo.    Un sol de tarde de marzo entra por la ventana, sus rayos llegan hasta el parque donde juega el bebé.  Meli apaga el cigarrillo a medias  y se levanta a correr la cortina para que la luz no alcance los ojos del pequeño.   Toma al bebé en brazos.  Le arregla la ropa y vuelve a dejarle con sus juguetes.    Saca de un cajón su cámara de video y vuelve a sentarse frente al ordenador.  Seguro que no puedes imaginarme sin un cigarrillo en los labios.     ¿Me imaginas?   Yo te olvidé, quise olvidarte, te recuerdo.  Sí, te recuerdo fragmentado como una pintura cubista.  Y me da rabia. Con la mano derecha agita el ratón formando círculos.  Un golpe con el corazón sobre el botón izquierdo y minimiza la pantalla del correo.  En la minicadena suena en repeat la misma canción del CD.   Toma su cámara y se acerca al niño.   La sostiene con la derecha mientras mueve los dedos de la izquierda.  El bebé la mira agitando sus bracitos, toma un peluche tuerto y lo lanza contra la joven madre.   Meli oprime el zoom para tomar un primer plano de las pequeñas manos que mueven sus deditos como lo hace ella.  Corta la toma.  Se arrodilla para apretar sus manitas y las retiene unos minutos meciéndole los brazos.  Vuelve a su mesa.   Vacía el cenicero repleto de colillas y vuelve a maximizar la pantalla.   No, no, ya no es rabia, la sentí, me ahogué en ella, y hubiese deseado ahogarte conmigo.   Te despreciaba, te seguía amando.   Lo peor era esa sensación de que todos me miraban como si supieran, como si se alegrarán, como si te aprobarán.   Todas las jodidas cuarentonas eran tu esposa echándome en cara su victoria, su victoria cargada de razón.  Todo parecía una mala película con moralina para consuelo de marujas.  No podía pensar, toda yo era herida y ganas de arañar.  La fascinación, la admiración, la voluntad de ser tú para ser más tuya, más mía, más amada, dio paso a una nausea, al vértigo de odiarte.  Y entonces pasó, una simple manchita rosada fue un clavo ardiente al que agarrase para devolverte todo el dolor, todo el daño. La ceniza cae desde sus labios sobre el teclado.  Meli sopla con rabia, echa atrás su silla camaras%20de%20video%20clinebasculante y apura la última calada antes de estrellar la colilla en el cenicero. Golpea la mesa con el puño cerrado y se levanta.  Deja la habitación.  El bebé gatea dentro de su parque en dirección a la puerta por la que ha salido su madre y lanza pequeños grititos.   Se escucha ruido de agua saliendo por un grifo.    Al entrar enciende ya la luz, trae en la mano una toalla con ositos, la deja caer con suavidad sobre el niño.  El bebé ríe.  Meli vuelve a filmarlo antes de regresar a su silla.

Ella jamás te lo daría, esa vieja ya no puede, y yo… yo podía negártelo.  Pensé educarle en el odio.  No quería que tuviese nada tuyo.  Ni tus ideas.  Ni tus gestos.  Ni el color de tu piel.   No tuve en cuenta que algo tan pequeñito pudiera tener tanta fuerza. Y volví a sentirte, mierda.  Mierda.   Le quería sólo mío, pero es nuestro.

Minimiza.   Sale de la habitación.  Regresa con la pequeña bañera llena de agua.  La deja al pie del calefactor encendido.  Desnuda al niño que enreda sus deditos en la cabellera de ella.   Lo sienta con cuidado dentro de la bañera.  Le tira dentro sus muñecos de goma.  El niño aplaude sobre el agua.  Meli toma la cámara.  Plano corto del niño jugando con el agua.  Primeros planos de sus sonrisas y muecas.  Plano medio enfocando también el calefactor.   Se agacha.  Toma el calefactor con la mano libre.  Lo deja caer dentro del agua.  Plano corto del niño contrayéndose por la descarga. Funde en negro.   Meli se levanta despacio, conecta la cámara al ordenador y copia la grabación, después   selecciona con el ratón adjuntar archivo.  Tienes derecho a saber que existe.  No, no, no es sólo eso.   Quiero que te veas en sus ojitos que son como los tuyos.  Quiero que le quieras.  Y que después me perdones.

Meli

Golpea con el índice sobre enviar.   La mano cae relajada al soltar el ratón.


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