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Madrid quiere a Naschy

Nació a las seis de la madrugada de un seis de septiembre, en la Calle Postas, en pleno corazón del Madrid de los Austrias. La guerra le apartó de la Villa y Corte, pero regresó a ella desde el final de su niñez. Se hizo hombre en Madrid, un hombre bueno y fuerte que casi llegó a ser atleta olímpico. Del Atleti de corazón, lo fichó el Real Madrid para dedicarse al noble deporte de levantar halteras. Desde niño frecuentó las tertulias donde se codeó con los grandes, con los pensadores y los artistas. Amó la pintura, pero su vida fue el cine. Lo bautizaron Jacinto, como su tío que tanto hubo de influirle, pero él se hizo a sí mismo y se dio nombre. Fue Paul Naschy, todo un mito que hizo internacional a la capital del reino. Ahora Madrid le recuerda y  le paga con admiración y homenajes su misión de embajador.

Paul Naschy: El último kamikaze (1984, Jacinto Molina)

Si hace unas semanas la revista Scifiworld celebraba en la Sala Heineken su quinto aniversario dedicándole un concierto con Cripta y Darkmoor, ahora es el Cinemad el que le rinde tributo. El Festival de Cine Independiente y de Culto (Cinemad) inaugura esta XVII edición con una maratón dedicada a Paul. Aunque sólo comprende cinco films, la selección está cuidadosamente escogida pues va a permitir a su público recordar lo más emblemático de su carrera a la vez que, a aquellos que se acerquen por primera vez a su obra, les posibilitará una aproximación muy completa a su figura.

A Naschy le debemos más de cien películas, interpretó todos los papeles que pueblan el paisaje de lo fantástico, pero será recordado sobre todo por haber creado dos personajes inmortales, Alaric de Marnac y, el más inolvidable, Waldemar Daninsky.  Alaric de Marnac, sádico brujo medieval que regresaba de la muerte en El Espanto Surge de la Tumba (1972, Carlos Aured) inspirado en Gilles de Rais (noble francés vinculado a Juana de Arco que, según cuenta la leyenda, extraía sangre de vírgenes para sus experimentos alquímicos), fue llevado por Paul a la pantalla en tres ocasiones y a él le dedicó su primera novela, ilustrada por Javier Trujillo. A través de Marnac, Paul canalizó su amor por lo medieval que nació en él en los lejanos días de su niñez en Burgos y su solemne catedral. Si su primera entrega era dirigida por Aured el propio Naschy se puso en ambos lados de la cámara en Latidos de Pánico (1983), será ésta la que se proyectará el próximo viernes 19 de noviembre en la Sala Berlanga. Y en la misma sala Alaric tendrá a Waldemar Daninsky por compañero, enigmático noble centroeuropéo sobre el que pesa la maldición de la licantropía. Paul Naschy fue la máscara de Jacinto Molina y Waldemar Daninsky la máscara con la que más veces se maquilló Paul Naschy: es su hombre lobo el que le ganó un lugar entre los grandes titanes del terror. Aunque se inspirará en su admirado Lon Chaney, el licántropo de Naschy terminó siendo el hombre lobo por antonomasia hasta la llegada de la revolución icónica de los ochentas con películas como Aullidos (Joe Dante) y Un hombre lobo americano en Londrés (John Landis). Debía haber sido de origen asturiano y llamarse José  Huidobro, pero la censura no lo permitió, no podía haber en España ese tipo de criaturas monstruosas, así que tuvo que tomar el apellido de un amigo polaco de Paul para acompañarle trece veces en la pantalla, una larga aventura que concluyó en Thomb of the Werewolf (2004, Fred Olen Ray) habiendo pasado antes por films de la talla de La Noche de Walpurgis (1971, Leon Klimovsky) o El Retorno del hombre lobo (1981, Jacinto Molina), y haber nacido en 1968 en La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz). Serán esos primeros pasos de Danisky los que los espectadores de la maratón verán andar.

La marca del hombre lobo ha sido considerada como el inicio de la edad de oro del fantaterror español, edad de oro en la que Paul vivió sus mayores momentos de gloria. La llegada de la democracia barrio el cine de género que había llegado a generar una industria en España, empezaba el delirante mundo de las subvenciones y el distanciamiento del gran público. Paul fue una víctima de esa transición. Paul vio cómo se hacía carne en él el viejo refrán de que nadie es profeta en su tierra: el reconocimiento, que se le negaba aquí, le llegaba de más allá de las fronteras, en Alemania, en Japón, en EE.UU. Fueron años difíciles para él, tuvo que llegar un nuevo renacimiento del género de la mano de directores como Jaume Balagueró, Paco Plaza o Nacho Cerdà para que fuera reivindicada su figura. Sin embargo, las autoridades cinematográficas siguieron dándole la espalda. Con ese revivir del fantaterror Naschy se vengó de la profesión que le había ignorado a través de Pablo Thevenet su personaje en Rojo Sangre (2004, Christian Molina), veterano actor al que no le queda ni el orgullo se indigna cuando ve triunfar en los medios actores que no son actores, cantantes que no son cantantes, presentadores que no son presentadores, tertulianos de bragueta fácil… y al que su contrato con un extraño millonario le dará ocasión de convertirse en el ejecutor de tanto famosillo de medio pelo. En su segunda autobiografía, Cuando las luces se apagan, afirmaba Paul: Pablo Thevenet es un personaje que honra mi palmarés de actor. Y lo es por su interpretación pero también porque en él pudo darse a si mismo una oportunidad de llevar a cabo una justicia poética con la que combatir la injusticia que se cometió con él. Esa justicia poética quedó reforzada por su último trabajo como actor, el entrañable Hervás, mayordomo de La Herencia Valdemar (2009, José Luis Alemán). La Herencia Valdemar le permitió cerrar su filmografía con una superproducción, independiente, sin subvenciones, como a él le gustaba. Una película además que pretende recuperar el terror gótico, el terror más clásico y del que se hizo fan Paul en su niñez cuando vio Frankenstein y el hombre lobo (Frankenstein Meets the Wolf Man, 1943, Roy William Neill). Le habría emocionado ver la cartelera de la Universal como cabecera de una película suya, en eso podrán pensar los que la vean este próximo viernes en el Cinemad.

De la misma manera que esta selección nos ofrece una panorámica de su obra, sirve igualmente para ilustrar las diferentes etapas de su vida, desde su juventud en la que inició su singladura en el cine, hasta sus últimos días en los que pudo morir con la satisfacción de verse reivindicado por la generaciones más jóvenes, pasando por el momento de su mayor gloria y aquel otro más aciago donde tuvo que luchar contra el olvido. Ángel Agudo nos ofreció su biografía definitiva, Paul Naschy, la máscara de Jacinto Molina, el propio Paul acudió a su presentación oficial en Sitges 2009, su último acto público en un festival de cine. Ahora, un año después, el propio Ángel Agudo dirige el documental biográfico El hombre que vio llorar a Frankenstein de la mano de Scifiworld, Waldemar Media y La Cruzada Entertainment y ese documental conocerá su estreno en Madrid este viernes. Será de hecho la obertura. Los compases de Enrique García (líder de Cripta) introducirán a los espectadores en el emotivo montaje (obra de Óscar Martín) con el que el documental de Agudo nos introduce en la vida y la obra de Paul. Mick Garris hace de conductor y en la pantalla van sucediéndose diferentes personalidades que tuvieron relación profesional con Naschy sin que falte la presencia de su familia, sus hijos Bruno y Sergio al frente. Las entrevistas se alternan con numerosas imágenes de archivo, desde fotografías relevantes a fragmentos de sus principales películas. Todo ello hace de este documental un aperitivo excelente para abrir el apetito de ver a Naschy en escena.

Buen banquete el que espera a los madrileños, desde aquí os invitamos a disfrutar del ágape, ¡¡¡ ya nos gustaría a nosotros acompañaros!!!

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Categorías:Paul Naschy
  1. 18 noviembre 2010 en 8:25

    Muy buen reportaje como siempre.Casi hace un año que la luna llena te llevó y te recordaremos para siempre.He aprendido contigo y me he reido contigo…aunque tambien me hiciste llorar. Hasta siempre Maestro! BB

    • 20 noviembre 2010 en 12:02

      Sí, Bárbara, el tiempo siempre tiene prisa por pasar, ya hace casi un año que se fue. Se fue pero no nos dejó porque aquí estamos todos para recordarle.

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